
En casa de mis padres había un secreter. Era negro, estaba
en una esquina de la sala de estar. En la otra, la mesilla con el Marie Brizard,
las botellas y las copitas de licor. El secreter, más bien alto, sobre patas
alabeadas, tenía una tapa que se bajaba para poder escribir. En los cajones
había papel de escribir, sobres y la carta que mi padre escribió a mi abuelo
pidiéndole permiso para mantener correspondencia con mi madre. Eso fue poco
después de la guerra. La guerra tuvo mucho que ver con mi familia, sin ella mis
padres no se hubiesen conocido. La carta de mi padre al abuelo Laudelino era
formal. Claro, como que mi madre, cuando hablaba con el abuelo, le daba de
usted.
El abuelo y la familia de mi madre eran castellanos. El
abuelo Laudelino era el dueño de la tienda de ultramarinos de la plaza de un
pueblo manchego. La plaza era la Plaza, igual que la calle de Zapatería era Zapatería,
la fuente del Caño, la fuente, y el convento de los franciscanos, el Convento.
En realidad yo no iba nunca a la fuente, mi vida en aquellos veranos transcurría entre las casas de mi tía
Margarita en el paseo de la Estación y la del abuelo. Al abuelo Laudelino, que
se había quedado viudo joven, le gustaba que sus nietos fueran a comer con él a
la una y media.
Era una lata, porque era la hora de la piscina. En realidad,
un pilón en una huerta, en los años cincuenta y en el pueblo no había ni piscina
municipal ni particular. Mi prima Tita y yo nos dividíamos la obligación de ir
a comer con el abuelo. Bajabas por la Zapatería con el sol castellano, y bajo
los soportales de la plaza estaba la tienda y la puerta de la casa del abuelo.
Se llamaba con el aldabón –el diccionario dice aldaba, pero en el pueblo todos
llamábamos a la puerta con el aldabón, casi siempre una mano de hierro con una bola-, y María, la criada del abuelo, te
abría desde el primer piso tirando de un cordel atado al cerrojo. La escalera
era estrecha, con peldaños de baldosas y madera consumidos, un pasamanos y las
paredes encaladas. Al entrar notabas el frescor.
La casa del abuelo estaba encima de la tienda y se comía en
una habitación pequeña que daba a la plaza. En la pared había un calendario de la
Unión Española de Explosivos. Los temas de esos calendarios eran cazadores,
mujeres campesinas, o incluso dinamiteros. En los años veinte, Julio Romero de
Torres hizo varios. El que yo veía colgado en la casa del abuelo podía ser “La
niña de los cobres”, de Federico Ribera, un discípulo de Romero de Torres. Pero
vaya usted a saber.
La tienda era maravillosa. Yo la ví en los últimos años de
funcionamiento, igual a las que aparecen en las películas del oeste: piso de
madera, un gran banco corrido para servir a los clientes, cajetines de todo
tipo, e incluso un barril en posición vertical, junto a la puertecilla que daba
a la escalera de la casa. En un lado había una trampa para bajar a la cueva
donde se guardaban los quesos y los jamones, y que durante la guerra sirvió
como refugio durante los bombardeos, que no faltaron ni siquiera en este pueblo.
Allí se vendía de todo, desde clavos y escarpias a
perdigones de distintos calibres. Y había una máquina para hacer cartuchos,
porque los buenos cazadores se fabricaban su propia munición. El abuelo había
sido cazador y como era tuerto –o tenía problemas con un ojo, no sé- usaba una
escopeta con una culata especial, que le permitía apuntar con el otro ojo. Los
clavos tienen que ver con la familia desde tiempo atrás. Una bisabuela, cuando
veía que sus hijos no tenían nada que hacer, cogía una caja llena de tachuelas
y la vaciaba en el suelo para que las recogieran. En realidad la familia había
ganado dinero fabricando botas para los ejércitos europeos durante la primera
guerra mundial. Al menos eso es lo que me contaron. Pero no debieron ganar
mucho, porque no éramos ricos. Ni mucho menos.
En los soportales de la plaza había una cosa importante, el
churrero. El churrero –o la churrera, porque recuerdo una mujer simpática- nos
vendía los borrachos. Que eran fundamentales para desayunar. Muchas veces,
cuando estábamos en casa del abuelo, mi madre me mandaba a comprar una pesetas
de churros y de borrachos.
En verano –agosto y septiembre- yo vivía en casa de la tía
Margarita. La tía Margarita tenía fama de mandona, porque fue la que llevó la
casa del abuelo cuando se murió la abuela María con cuarenta años. Su casa era
moderna, con baño completo. Y una nevera de hielo. La tía me daba un cubo y me mandaba
a comprar una barra de hielo a la fábrica, que estaba en la misma calle de la
Estación pero unas casas más abajo. Ella misma preparaba los jamones que se
curaban en una habitación que, en invierno, tenía siempre la ventana abierta.
Al lado estaba mi cuarto, que daba al jardín de la casa de al lado. Unos
pajarillos simpáticos me despertaban con sus trinos en las frescas mañanas de
septiembre. Los jamones eran importantes, porque la tía Margarita me alimentaba
a base de unos estupendos bocadillos de jamón serrano, cortado bien espeso.
A veces veníamos en invierno, y entonces vivíamos en casa
del abuelo. Aunque hacía un frío de aúpa, era divertido. Había unas camas de
hierro con grandes colchones rellenos de lana en los que uno, más que acostarse,
se sumergía. Como no había calefacción, por la noche calentaban las camas con
un artilugio, la tumbilla, un armazón de madera con un hueco en el centro donde
se colocaban unas brasas. Todo eso se metía entre las sábanas, y se quitaba
cuando ibas a dormir. Se suponía que una vez dormido no notabas el frío. En mi
cuarto había un palanganero, con una jofaina –una palangana-, un jarro con agua
y un espejo, con el que por las mañanas te aseabas. Es posible que también
hubiera orinal, pero no lo recuerdo. Usábamos el comedor, y luego, para la
tertulia, la mesa camilla. Seguramente también había braseros. En unas
navidades en casa de mi abuela de Barcelona, jugando me caí y metí la rodilla
en el brasero. No recuerdo si me dolió, solo que no me podía arrodillar en
misa. Ese año hice la primera comunión, pero para entonces la rodilla ya se
había curado.
En septiembre, a veces íbamos en calesa a la viña del
abuelo. El caballo y la calesa estaban en la cerca, nombre para mí misterioso
porque el lugar estaba cubierto, hubiese sido más lógico llamarlo cochera. Pero
se llamaba la cerca. Alguien, que no creo que fuera el abuelo, preparaba el
carricoche y salíamos al campo. La calesa olía a cuero, sudor de caballo y a
las crines con las que se rellenaban los asientos. En la viña merendábamos pan
con chocolate –no uvas, por aquello del tonto que fue a vendimiar y se llevó
uvas de postre-.
Uno tiene ya sus años, lo que explica todo lo anterior. Y
puedo presumir de haber visto el campo de España al principio de la
mecanización. Por ejemplo, guardo un recuerdo confuso de una trilla en la era,
con yo subido encima del trillo tirado por un caballejo -¿o una mula?-, y luego
que me caigo. Eso era en el Vallés, el año que veraneamos en la masía de
Vallromanas. Ahora, en Vallromanas, hay un golf. Qué cosas. Claro que el tío
Manolo –el marido de la tía Margarita- tenía tractores, y trilladoras
mecánicas. Pero por la tarde, cuando estábamos sentados jugando al siete y
medio en la acera de la casa de la tía Margarita, veíamos volver del campo a
las galeras, los grandes carros tirados por cuatro mulas. Algo así como los
últimos de Filipinas.
Miguel Castellví
5 de junio 2014
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